La trama, en lo esencial, es simple: una aldea japonesa del siglo XVI es hostigada por un grupo de bandidos, lo que obliga a los campesinos que la habitan a buscar guerreros samurais que la defiendan. A partir de lo anterior, el director de cine japonés Akira Kurosawa (1910-1998) estructuró una de las obras fílmicas que dejó profunda huella en la cinematografía mundial del siglo XX: Los siete samurais.
Varios son los aspectos humanos que Kurosawa tuvo oportunidad de abordar en esta obra, con una visión épica que no olvidó darle también lugar a la ironía y la jocosidad: la mística samurai, la guerra como arte, la gran valía del espíritu de grupo con respecto a las empresas egoístas, los vicios de la cultura rural en el feudalismo japonés... Pero considero que la visión épica fue posibilitada, principalmente, por el gran despliegue técnico y estético de la fotografía. Es imposible no dejarse arrobar por la rigurosa, inteligente y bella dinámica visual que las cámaras de Kurosawa impusieron al relato: inolvidables encuadres panorámicos de dos o hasta tres planos de acción, que subrayan la simultaneidad y complejidad de la acción colectiva; secuencias de acción en una sola toma, con cámaras que parecen no conocer límites en su persecución de un hecho que en su verisimilitud temporal contienen su fuerza avasalladora; la gran capacidad para lograr las perspectivas exactas que subrayan la tensión corporal y anímica del guerrero en combate... Todo lo anterior multiplica su grandeza si recordamos que Los siete samurais fue filmada en 1954 y representa visualmente para su época, sin duda, un gran descubrimiento técnico y estético.
No acaba aquí la descripción de todos los elementos que hacen grande a Los siete samurais de Akira Kurosawa, pero al menos ya les he compartido el que en mí ha dejado la mayor impresión y satisfacción.
¡Ah!, y no lo olviden: los esperamos el próximo viernes a las 19:00 horas en avenida Juárez número 58, en Ixtapan de la Sal, para ver una buena película más.

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